sábado, 27 de diciembre de 2014

Cómo encarar los desafíos de la vida


Cada día es un don especial de Dios, y si bien es posible que la vida no siempre sea justa, uno no debe dejar nunca que las penas, las dificultades y las desventajas del momento envenenen la actitud y los planes que uno tiene para sí mismo y su futuro. 
No se puede ganar si se lleva puesta la fea capa de la autocompasión con toda seguridad ahuyentará cualquier oportunidad de éxito. Nunca más. Hay una mejor manera.

La vida no es justa... y probablemente nunca será así. Habrá ocasiones en que uno hace la mayor parte del trabajo y, sin embargo otro se lleva el crédito. Es posible que uno trabaje el doble de lo que trabaja su vecino, y uno se sabe el doble de listo... y sin embargo, uno sólo gana la mitad de lo que gana el otro.
 
Hay muchas ocasiones en que la vida nos reparte una mala mano.

¿Cómo juega uno esas malas manos cuando le toca una? ¿Se aferra, se niega a rendirse, aunque no se tenga la garantía de lograr el triunfo... o se lamenta y se compadece de sí mismo porque uno está seguro de que sus dificultades y problemas son mucho más terribles que las desgracias de cualquiera otra persona? ¡Pobre nene!

Hace casi dos décadas, recibí una pequeña tarjeta amarilla con un poema escrito con tinta verde, de parte de Wilton Hall, quien publicaba Quote Magazine en anderson, Carolina del Sur.

El poema ha tenido un sitio especial en mi vida a lo largo de todos estos años. Durante mis discursos, no solo lo comparto con todos mis públicos, sino que lo mantengo a mano para mi propio bienestar. Cuando las cosas no están yendo muy de acuerdo con la forma en que las planeé, o los días comienzan con el pie izquierdo, o empiezo a irritarme un poco con los demás y tal vez a sentir lástima de mí mismo, saco mi poema, lo leo y luego prosigo con mi vida, agradecido y sólo hago una pausa suficientemente larga para volver la vista a los cielos y decir: ¡Gracias!

Sí, recárguese en el sillón, amigo lector, y permítame que le dé el texto original. Es un tesoro, y le apuesto que también usted, al igual que yo, lo releerá con frecuencia en el futuro y lo compartirá igualmente con sus amigos.
 
¡Señor, perdóname cuando me lamento!
Hoy, en el autobús, vi a una bella muchacha de cabello rubio, la envidié... parecía tan alegre... y deseé ser así de bonita. De pronto, cuando se puso de pie para irse, la vi cojear por el pasillo. Tenía una sola pierna y usaba muleta; sin embargo, al pasar... ¡qué sonrisa! ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos piernas.
¡El mundo es mío!

Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que los vendía era tan encantador.
Conversé con él. Se veía tan contento. Si me retrasaba no habría problema. y cuando me iba, me dijo: “Se lo agradezco, ha sido usted muy amable. Es grato conversar con gente como usted. Sabe – dijo –. Soy ciego”. ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo los ojos.
El mundo es mío.

Después al ir caminado por la calle, vi a un niño con los ojos de cielo.
Estaba de pie y observaba a otros niños que jugaban. Parecía indeciso. Me detuve un momento y le dije: “¿Por qué no vas a jugar con ellos, primor?” Siguió viendo hacia enfrente sin decir nada y entonces me di cuenta de que no podía oír. ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! ..Tengo dos oídos. 
El mundo es mío.

Con pies que me lleven a donde quiero ir, con ojos para ver los colores del atardecer, con oídos para escuchar lo que quiera saber... ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento. En realidad soy una afortunada. El mundo es mío.

Autora Anónima

1 comentario:

  1. Todo esta en nuestra mente sobre todo nuestro potencial para cumplir nuestras metas.

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